Burbuja de preguntas
¿Qué viaja en ese silencio?
Escuchando éste relato bereber que rescató el antropólogo Marc Laberge, recordando la sensación de inmensidad abisal que sintió Pascal cuando comprendió la inmensidad del universo, nos preguntamos qué hay en el silencio de la protagonista del cuento, en su memoria y qué simboliza el ratón que la libera. Antes de establecer pensar en cómo enseñar la lengua nacional a una persona migrante debemos preguntarnos cómo nos vamos a relacionar con ella. Como en el cuento, qué hay en su propio lenguaje, en su memoria, seguro que caben muchas más cosas que en la maleta en la que tuvo que resumir todo su pasado. Miles de años se filtran en una cultura que se hospeda en quien, sintiéndose un cuerpo extraño, llega a sentarse frente a nosotros tras una odisea que no ha hecho más que comenzar. Como decía Stendhal en Rojo y Negro, en cada vida hay una novela que merece ser escrita. Tras la mirada de esa persona que no nos entiende y a la que no comprendemos, hay una historia con la que construir una ciudadanía migrante capaz de participar, como huésped, de lo común, de lo comunitario, vinculándose, comprometiéndose.
¿Vamos a descubrir esa historia? ¿La vamos a escuchar? Posicionarnos desde una pedagogía de la hospitalidad nos invita a preguntarnos qué viaja en esa mirada que no puede expresarse, por el momento, con las nuevas palabras
Estamos en la era planetaria y los seres humanos, dondequiera que estén, están embarcados en una aventura común. Es preciso que se reconozcan en su humanidad común y, al mismo tiempo, reconozcan la diversidad cultural inherente a todo lo humano (Morin, 2015, p. 63).
¿Cómo se siente la persona que migra cuando llega a un lugar que no conoce y del cual no conoce la lengua? Debemos formular esta pregunta antes de plantearnos el enseñarle la lengua nacional a una persona migrante. Comenzar por escuchar su historia. Su narrativa migrante contiene una cultura, un contexto, una experiencia que albergan su dignidad. Tras sus palabras, en su lengua materna, se hospedan cientos o miles de años, esos sonidos que no comprendemos son la punta del iceberg de unos saberes de valor incalculable que, o pueden ser silenciados o podemos elegir dialogar con ellos. Esta reflexión inicial nos posiciona en relación a la persona que necesita aprender nuestra lengua nacional y nos hace pensar para qué se la vamos a enseñar y, después, cómo.
Dentro de una perspectiva de las pedagogías críticas, la relación educativa que se establece en la enseñanza de una lengua nacional a una persona migrante debe plantearse desde una postura problematizadora, dialógica, de manera que adquirir la nueva lengua no sea perder o abandonar la propia ni, tampoco, asimilar sin cuestionar la cultura o culturas que habitan tras el lenguaje que nos va a hospedar en el nuevo país. Es complejo contravenir las tendencias técnicas, basadas en la gramática, y en los contenidos útiles que precisa un mercado de trabajo. Educar a través de la enseñanza de una lengua, significa protagonizar una pedagogía de la hospitalidad y la interacción, no la relación de mera transacción.
La pedagogía imagina la educación como el arte de superar fobias con filias. Comprender la relación entre curiosidad y peligro nos lleva a preguntarnos por qué llamamos a nuestro hogar Tierra cuando debería llamarse Océano. Tres partes de este planeta son agua y la misma proporción se da en nuestro propio cuerpo. Más importante que la rueda fue el descubrimiento de la natación y de la navegación. Con ellos rompimos los límites que nos marca la propia genética. No nacimos para nadar, como si nuestro destino fuese permanecer en tierra. No lo hicimos, no permanecimos en tierra, nos lanzamos por curiosidad y porque se hospeda en nuestra naturaleza la necesidad de aprender a vencer miedos. Hace al menos cien mil años que los neandertales de la Grotta dei Moscerini buceaban hasta profundidades de cinco metros para recoger almejas. Nadar y después navegar nos permitieron conocer el mundo y reconocernos entre nosotros. Del compartir los peligros surgieron las leyes de la hospitalidad, de las pasiones compartidas nació la compasión. La primera ley líquida, la Xenia.
Hospitalidad o sentimiento de acogida entre los pueblos que compartían el miedo al naufragio, ese ancestral ponerse en el lugar del otro que aparece reflejado en la Odisea o en la Ilíada de Homero. Costumbre que compartían todas las culturas que habitan en la memoria del lugar que llamamos Europa y que sin las mismas fronteras, ha llegado a ser una comunidad “democrática” debido a los movimientos migratorios y a la influencia de una miríada de culturas. Hospitalidad que llamaban Xenia, vínculo de hospitalidad, amistad entre huéspedes. Su etimología deriva del sustantivo xénos que significa extranjero, huésped. Es decir que la xenofobia no solo significa odio al extranjero, es también una posición antagónica al hospedaje. La Xenia era tan importante que, aun no estando regularizada institucionalmente, estaba consignada mediante un ritual con una serie de pasos bien diferenciados que se reflejan en los siguientes cantos de la Odisea: primero la acogida; el techo y el alimento, segundo el interés por el otro, una suerte de pedagogía de las preguntas y un tercer paso, el intercambio de regalos como un diálogo de saberes.

Como profesionales o voluntariado que vamos a protagonizar la hospitalidad, mediante la enseñanza de la lengua nacional, necesitamos hacernos y hacer preguntas, al modo que fundó Sócrates su mayéutica. Traducir interculturalmente, es decir, traer al presente la Xenia -que fundó Europa como hogar de culturas migrantes- mediante una hermenéutica diatópica, de manera que planifiquemos la enseñanza de la lengua nacional a través de las fases del ritual de la hospitalidad -como vértices de una pedagogía de la hospitalidad-.
“Yo la llamo la hermenéutica diatópica, en cuanto que la distancia a superar no es meramente temporal, dentro de una única y amplia tradición, sinó que és la distancia que existe entre los tópoi humanos, “lugares” de comprensión y autocomprensión, entre dos (o más) culturas que no han elaborado sus modelos de inteligibilitat… La hermenéutica diatópica parte de la consideración temática de que es necesario comprender al otro sin presuponer que éste tenga nuestro mismo autoconocimiento y conocimiento de base. Aquí está en juego el último horizonte humano y no solamente contextos diferentes entre sí” (Raimon Panikkar, Mito, fe y hermenéutica, Barcelona 2007).
La Xenia, desde esta hermenéutica diatópica, significa un intercambio cultural a través del proceso de enseñanza-aprendizaje lingüístico de acogida. Hacer sentirse a la persona migrante en su hogar necesita de los profesionales o del voluntariado de una actitud de respeto y de curiosidad hacia lo que apuntamos con la primera pregunta que formulamos en este capítulo, ¿qué viaja en el silencio de quién no nos entiende? ¿Que habita tras una lengua? Y otra cuestión que subyace a la formulada y que abordamos en el tercer apartado de este bloque, ¿qué elementos de nuestras culturas vamos a vehiculizar a través de la enseñanza de la lengua nacional?. Seleccionar los contenidos desde una perspectiva de crítica conlleva un cuestionamiento de nuestra sociedad, no solo se trata de ofrecer aportes significativos de las diferentes disciplinas que conforman nuestros saberes, también de advertir sobre las amenazas que devienen de nuestras desigualdades y miserias. Ofrecer la complejidad para hospedar y, al mismo tiempo, empoderar a la persona que llega. Diseñar un curriculum para que la enseñanza de la lengua nacional se convierta en una epistemología de las consecuencias que genere un conocimiento como intervención en la realidad, paso indispensable para la construcción de una ciudadanía migrante.
La naturaleza política de la educación como proceso de transformación de las personas para la transformación del mundo precisa revisar, brevemente, aquello que necesita -como conditio sine qua non- la democracia, es decir, de una ciudadanía. El constructo de ciudadanía que emerge en aquella Grecia entre Homero y Sócrates se configura sobre tres vértices, las libertades negativas que tienen que ver con aquellos aspectos que el Estado debe respetar y proteger, las libertades positivas que rezan sobre el deber de cada persona de participar políticamente de lo comunitario, de lo común y, los derechos sociales que garantizan la vida digna de todos y todas.

El desafío como profesionales o voluntariado es, además, comprender la evolución del concepto de ciudadanía desde el modelo griego al modelo liberal de la revolución americana y francesa, pasando por las propuestas socialistas de ciudadanía comunitaria, la versión republicana, la ciudadanía diferenciada, la multicultural y la post-nacional que conforman la Unión Europea, para comprender que todas nuestras versiones a lo largo de la historia se fundan en dos elementos que dificultan la acogida como hospedaje. El ius solis y el ius sanguinis -que cimentan nuestros modelos de ciudadanía- precisan de nacer en un territorio concreto o ser hijo de unos padres que sean de un territorio determinado. Una ciudadanía migrante necesita ser educada, a través de la enseñanza de la lengua, para comprender los elementos de la cultura acogente que dificultan los procesos interculturales. Si la educación, en concreto, la enseñanza-aprendizaje del lenguaje que hospeda no sirve para construir ciudadanía, entonces resulta un proceso de aculturación, de sometimiento, de segregación, una colonización del conocimiento que no desea que el que llega participe más que como extraño, con derechos y deberes limitados, algo así como la versión gratuita de las aplicaciones que se multiplican en Internet.

Construir educando y aprendiendo una ciudadanía migrante precisa una ética del mestizaje. Las identidades fuertes, nacionales, impermeables, no se mezclan y una pedagogía de la hospitalidad necesita mezclarse, lo que convierte al alumnado migrante en protagonista y partícipe del proceso de enseñanza-aprendizaje de la lengua acogente desde sus palabras, su memoria, su experiencia, su cultura. Un giro copernicano similar al que propició Rousseau en relación al maestro y al niño que necesita, siguiendo el ritual de la Xenia, de una pedagogía de preguntas y de un diálogo de saberes.
¿Qué entendemos por diálogo de saberes? Una racionalidad ambiental que nos vincula con una relación dialógica intercultural, partiendo de lo propuesto por Enrique Leff. Necesitamos introducir elementos de la pedagogía de las preguntas de Sócrates a Freire, generando así un pórtico de entrada, un zaguán donde propiciar un intercambio sustancial de las culturas a través de las palabras, porque pensamos palabras y, enseñarlas implica también, enseñar a pensar otra manera de habitar el mundo.

Implica una relación dialógica de intercambio, en ambos sentidos, por parte del profesional o voluntariado de ofrecer contenidos significativos, elementos de la cultura acogente que la representen en su complejidad, que ofrezcan su esplendor y sus contradicciones, que resulten un retrato vívido capaz de contener lo ético y lo estético en equilibrio. ¿De qué contenidos hablamos? Se trata de ampliar el estrecho pasillo de los saberes útiles para crear ese espacio donde los saberes incalculables, que excluye el pacto tecno-científico que coloniza el saber, ofrezcan unas epistemologías hospitalarias, donde la otredad se pueda reconocer, sentirse parte, pertenecer. No corresponde decidir cuáles, seguramente compartimos muchas de estas referencias que conforman nuestro canon cultural, desde las artes a las ciencias podemos componer un currículum que invite a la persona migrante a aprender el nuevo lenguaje como una puerta hacia las memorias que nos narran compartiendo el mundo. Valga como muestra un botón, la obra vital y luego escrita del Nuccio Ordine (profesor que leía en cualquier asignatura breves textos de los clásicos con la intención de que el alumnado descubriese lo particular de sus existencias dentro de aquellas obras que, suspira el profesor, algún día leería para vivir mejor y sentirse parte de algo más grande que el yo).
«Que otros se jacten de las páginas que han escrito; a mí me enorgullecen las que he leído», decía Borges. Y es que los buenos libros nos transforman; un pasaje, por breve que sea, puede despertar la curiosidad del lector y animarlo a leer una obra que cambie su vida para siempre. He ahí el poder de la literatura, que no sólo nos abre horizontes, sino que deposita en nosotros, de manera lenta pero constante, la clave para entender la vida. (Nuccio Ordine, Clásicos para la vida)
Nos saltamos, en los últimos párrafos, el segundo vértice que es condición fundamental para el tercero, el diálogo de saberes. La estrategia de la posada que se refleja en los comienzos del Decamerón y en los Cuentos de Canterbury, propio de las culturas migrantes, se conforma como una pedagogía de las preguntas. Debemos interrogarnos sobre qué significa preguntar. Subrayar que Freire intuía la curiosidad en el cuerpo de una pregunta y que el conocimiento le parecía provenir del arte de preguntar.
El extranjero (…) empieza cuando surge la conciencia de mi diferencia y termina cuando todos nos reconocemos extranjeros, rebeldes ante los lazos y las comunidades. Y ser rebelde es volver a sentirnos incómodos en este mundo, es asumir la insatisfacción del que busca, la curiosidad del que pregunta. Es perder el sueño ante la necesidad de descifrar un texto, es recuperar la pasión por el conocimiento y a fin de cuentas, por la vida. (Piastro, 1998, p. 153)
Preguntar es querer comprender, diferente a entender -como pensaba Ortega y Gasset-, comprender es querer conocer a la otra persona, una voluntad expresa de romper con los prejuicios, quebrar los arquetipos, desmontar los mitos y con la generosidad de quien se siente un huésped del mundo, invitar mediante las interrogantes a que la persona migrante aprenda la nueva lengua desde sus palabras y sus narrativas. ¿Qué sabemos de la persona migrante que necesita aprender la lengua del país acogente? ¿Cuántas escritoras o escritores hemos leído? ¿Sabemos de sus obras de arte representativas? ¿De sus creencias o de sus cotidianidades? ¿Sentimos que podemos aprender de quienes vienen a aprender? ¿Qué podemos aprender enseñando la lengua nacional de quién la aprende?
(…) integrada por múltiples pertenencias, unas ligadas a una historia étnica y otras no, unas ligadas a la tradición religiosa y otras no, desde el momento en que vemos en nosotros mismos, en nuestros orígenes y en nuestra trayectoria, diversos elementos confluentes, diversas aportaciones, diversos mestizajes, diversas influencias sutiles y contradictorias, se establece una relación distinta con los demás, y también con los de nuestra propia “tribu”. Ya no se trata simplemente de “nosotros” y “ellos”, como dos ejércitos en orden de batalla que se preparan para el siguiente enfrentamiento, para la siguiente revancha. Ahora, en “nuestro” lado hay personas con las que en definitiva tengo muy pocas cosas en común, y en el lado de “ellos” hay otras de las que puedo sentirme muy cerca. (Maalouf, 1999, p. 44)
Si no queremos reproducir lo que contiene el poema Los Nadies de Galeano, hacernos preguntas y hacer preguntas es compartir un lugar de paso y encuentro, como arquitectura de la hospitalidad, para intercambiar las culturas mientras se aprenden las palabras. Y es importante porque traduttore, traditore, las palabras no significan lo mismo, tienen contextos que deben ser narrados y escuchados.
¿Significa vida digna lo mismo aquí que allá? ¿Hablamos de lo mismo cuando pronunciamos la palabra amistad, familia, riqueza, felicidad, miedo? Cada palabra, con cada experiencia, se llena de significados únicos que permiten encuentros únicos, enseñar la lengua a la persona migrante debe suponer un acontecimiento donde los pasados se reconocen en el presente que los hospeda. Una suerte de narrativas migrantes que propician una traducción intercultural de los saberes.
El diálogo de saberes, como tercer vértice de una pedagogía de la hospitalidad significa ser embajadores culturales de la acogida, escuchadores, en aplicación de la Xenia, del relato de la persona migrante; es decir, preguntadores que aprenden lo otro para poder enseñar no lo mío, sino lo nuestro y, además, viajar por todos los saberes, los útiles y los inútiles, de manera que todas las identidades se encuentren en las palabras que aprenden. Cuando preguntamos al principio, ¿qué viaja en el silencio? proyectamos en el profesional o en el voluntariado la semilla de la curiosidad para comprender a quién llega aterrado, sin vínculos familiares, sin conocimiento de las costumbres, de los símbolos, de las normas, desprotegido y vulnerable y no sucumbir al paternalismo, ponerse en los zapatos del otro sin olvidar que no son los nuestros para propiciar una educación vinculada a ese modelo de ciudadanía migrante que le permita conocer sus derechos, sus deberes y comprometerse a participar de lo común, de lo comunitario. Afirmó Aristóteles, lo común, el koinos se produce cuando las ciudadanías deliberan en común para determinar que conviene a la comunidad, que es justo hacer, vivir juntos no significa pacer juntos, tampoco es ponerlo todo en común, más bien poner en común palabras y pensamientos, es producir, mediante la deliberación, costumbres semejantes y reglas de convivencia que se aplican a todos aquellos que habitan esta diminuta canica azul flotando en el éter.
¿Podemos imaginar la enseñanza de la lengua nacional a una persona migrante en torno a lo común?
Recapitulamos: partiendo de aquella ley líquida que fundó el ritual de la hospitalidad; la Xenia, necesitamos una pedagogía de las preguntas que nos invite a un diálogo de saberes con la voluntad expresa de establecer, en los procesos de enseñanza y aprendizaje de la lengua acogente por parte de personas migrantes, una ética del mestizaje que construya modelos de ciudadanía migrantes y, para ello necesitamos lo que Jacques Rancière sostuvo, que la imaginación política es una posibilidad de mundo que cuestiona la evidencia de la realidad dada, una imaginación que favorece las potencias emancipadoras al permitirnos pensar y sentir otras coordenadas más allá de las lógicas de dominación.

La imaginación política emancipadora es un concepto que se refiere a la capacidad de imaginar y concebir un mundo diferente al actual, uno que desafíe las estructuras de poder y busque la liberación de las personas oprimidas. Esta idea sugiere que la imaginación no sólo es creativa, sino también política, ya que puede cuestionar las normas establecidas y abrir espacio para nuevas posibilidades. En otras palabras, la imaginación política nos permite pensar más allá de los límites impuestos por las teorías generales y las ideas universales, y nos invita a considerar alternativas transformadoras para la sociedad. Al imaginar un mundo emancipado, podemos trascender las restricciones y trabajar hacia un horizonte existencial más esperanzador y liberador.
Un imaginario político emancipador que no podemos concebir, ya no o con mucha dificultad, desde una mirada narcisista, en nuestro caso eurocéntrica u occidentalista. Por eso, precisamos aprender a hacer preguntas fuertes como ¿por qué hay tantos principios diferentes sobre la dignidad humana y la justicia social, todos ellos supuestamente únicos, pero a menudo contradictorios entre sí? o ¿qué grado de coherencia hay que exigir entre los principios, cualesquiera que sean, y las prácticas que tienen lugar en su nombre? o, ¿es irreversible el proceso de secularización, considerado uno de los logros más distintivos de la modernidad occidental? ¿cuál podría ser la aportación de la religión a la emancipación social, si es que en algo puede contribuir? o, ¿es sostenible a largo plazo la concepción de la naturaleza como separada de la sociedad, tan integrada en el pensamiento occidental? o, ¿hay espacio para la utopía en nuestro mundo? (De Sousa Santos, Más allá de la imaginación política y de la teoría crítica eurocéntricas) Cuestiones que nos involucran más allá de nuestras particularidades, de la índole que sean, que nos convocan a protagonizar, en el proceso de enseñanza de un lenguaje, a protagonizar un diálogo de saberes donde precisamos romper con el rol maestro-anfitrión y encarnar el espíritu del huésped que habita, por ejemplo, en el Castillo de los destinos cruzados de Ítalo Calvino, donde en un espacio común se produce un intercambio diálogo de racionalidades y emocionalidades, de narrativas migratorias que reescriben a muchas manos y a muchas voces un presente con intención de futuro.
Narra Nuria Peña en su podcast El Gabinete de las Curiosidades, en el capítulo titulado La canica que pudo cambiar el mundo sobre un concepto llamado cambio de perspectiva. Cuenta que los astronautas que vieron por primera vez nuestro hogar común, contemplaron una frágil canica azul flotando en el éter y sintieron que todos los conflictos que protagonizamos en lo cotidiano, todas esas aparentes diferencias de lenguas, piel, cultura quedan invisibilizadas ante esa perspectiva de que esa canica es el único hogar en el que vamos a poder vivir el presente e imaginar un futuro. Un espacio limitado y frágil que precisa de nuestro cuidado. Pensar en una educación de la índole que sea sin portar este cambio de perspectiva solo parece alimentar eso que entendemos como capitalismo suicida.
Nuestro planeta es una solitaria mancha en la gran y envolvente penumbra cósmica. En nuestra oscuridad —en toda esta vastedad—, no hay ni un indicio de que vaya a llegar ayuda desde algún otro lugar para salvarnos de nosotros mismos. La Tierra es el único mundo conocido hasta ahora que alberga vida. No hay ningún otro lugar, al menos en el futuro próximo, al cual nuestra especie pudiera migrar. Visitar, sí. Asentarnos, aún no. Nos guste o no, por el momento la Tierra es donde tenemos que quedarnos. Se ha dicho que la astronomía es una formadora de humildad y carácter. Quizás no hay mejor demostración de la soberbia humana que esta imagen distante de nuestro minúsculo mundo. Para mí, subraya nuestra responsabilidad de tratarnos más amablemente los unos a los otros y de preservar y apreciar el pálido punto azul, el único hogar que hemos conocido. (Carl Sagan, A Pale Blue Dot)
El desafío para construir unas ciudadanías migrantes no adscritas ni contenidas por las fronteras físicas y culturales, necesita de una aprendizaje del lenguaje crítico que dialogue y problematice las realidades que se encuentran, en tránsito, desde una traducción intercultural de esas palabras -que nos convocan- hacia una ecología de los saberes. Una pedagogía de la hospitalidad sustentada en una ética del mestizaje y en una política emancipadora imagina a las personas que migran como potenciales amigos, no como potenciales enemigos, dispuestos y disponibles a participar con responsabilidad intersubjetiva y a comprometerse en el cuidado de lo que con cariño, Carl Sagan llamó Pale Blue Dot. Un cambio de perspectiva para trocar la buena vida o vidorra capitalista por el arte del buen vivir, mejor aún, del buen convivir.

