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Cuerpos de frontera. Migraciones y género
Resistencia civil y acción pedagógico-política. Pensamiento y acción de fronteras
Cuerpos de frontera. Migraciones y género
La ménade ama, y se defiende con furia contra la importunidad del amor. Ama y mata. De las profundidades del sexo, del pasado oscuro y primigenio de las batallas de los sexos, surge esta escisión y bifurcación del alma feminista, en la que la mujer encuentra por primera vez la plenitud y la integridad primigenia de su conciencia femenina. Así, la tragedia nace cuando la esencia femenina se afirma a sí misma como díada. (Vyacheslav Ivanov, La esencia de la tragedia)
Las circunstancias que conforman la dimensión ontológica (singular y plural) del ser en sí mismo y del ser en el mundo, han sido constituidas históricamente -de forma ambivalente, interesada o prejuiciada- desde la perspectiva naturalista bio-genética (raza, sexo, atributos, capacidades, carencias o discapacidades…) y la perspectiva socio-geográfica originaria o de pertenencia (pueblo, costumbres, cultura, religión, status económico…), erigiendo así la caracterización etnográfica y etnológica que clasifica colectivos humanos al modo que lo hace la zoología o la geología. Etnicidades “civilizadas” frente a etnicidades de la “barbarie”, sexo dominante sobre sexo sometido, fuerza sobre debilidad, creencias “verdaderas” sobre “idolatrías”, lo blanco sobre lo negro, poder económico y militar sobre desposesión e indefensión. Identidades dignas e identidades de la indignidad, humanidad de derechos y humanidad sobrante. Han sido estos criterios esencialistas conformadores de identidades, los que han justificado la historia del esclavismo, del colonialismo, del patriarcado, el extractivismo, los adoctrinamientos y las guerras religiosas, la segregación, la invisibilización, la depredación, la destrucción y la muerte del otro, de la otra, de lo otro. Es la gran trampa identitaria que ha dibujado y normalizado la cartografía de la inequidad y la iniquidad.

Y de aquellos barros…estos lodos.
Las fronteras como nuevos espacios de relación y cosmopolitismo. La deslocalización y el descentramiento del mundo: El estudio de las migraciones internacionales ha concitado uno de los mayores intereses multidisciplinarios de las últimas décadas, más aún cuando este tipo de movimiento poblacional arrastra una de las paradojas más interesantes de la contemporaneidad. La actual globalización económica y tecnológica permite la libre circulación de capitales e información por el orbe, pero limita seriamente el libre desplazamiento de la población entre Estados. Sin embargo, quienes logran migrar -generalmente desde un Estado menos desarrollado a otro con mejor estándar económico- son testigos de una serie de contradicciones civiles, sociales y políticas tanto en su territorio de origen como en el de destino.

Hablar de migraciones transnacionales significa hacerse eco del concepto de comunidad transnacional. Se asocia a aquella comunidad que se extiende y se consolida más allá de las fronteras nacionales, recalcando el fenómeno transfronterizo de ciertos colectivos humanos y en donde el problema migratorio se asocia a los movimientos de personas o a los valores grupales que el inmigrante tiende a conservar en un territorio extranjero. Con el tiempo, la definición de comunidad transnacional ha logrado sintetizar también a aquellas múltiples relaciones que enlazan a las sociedades de origen y destino.
Desde la frontera, cambia la mirada sobre el mundo. Los márgenes de los Estados-nación son lo impensado en las teorías políticas del ordenamiento, de la misma manera que permanecen impensados los intersticios urbanos o las economías informales. Se definen en negativo y de manera residual. Se ha puesto en acción el ideal de gestión llamado ‘gobernanza global’ -modelo genuinamente alterado por el ejercicio desordenado de la política en el demos indiferenciado- que favorece las divisiones y el dispositivo de mundos herméticos desde el control y la adhesión al sistema, conformando una caricatura del modelo-mundo que simula devolver a cada quien a su identidad propia (ya sea nacional, racial, de género o sexual, étnica o religiosa).
Uno de los conceptos clave a través del cual se analizan tales preocupaciones es el de la «diferencia». Es una construcción que han sostenido diversos campos de debate teórico y político: feminismo, análisis de clase, antirracismo, políticas de gays y lesbianas, psicoanálisis, postestructuralismo y demás. ¿En y a través de qué procesos adquieren las distintas ideas sobre la «diferencia» un sentido y un significado social? ¿Cuál es la relación entre lo psíquico y lo social en la noción de «diferencia»?
¿Cómo construir políticas que no lo reduzcan todo a la economía de lo mismo y que no esencialicen las diferencias? Tales cuestiones me han llevado a sugerir cuatro formas de conceptualizar la «diferencia»: como experiencia, como relación social, como subjetividad y como identidad. (Avtar Brah, Cartografías de la diáspora, 2011:38)
Cuerpos de frontera: La indiferencia hacia el mundo que nos rodea y la pérdida de la visión del ‘otro/otra/otre’, sobre quienes no hay relación que simbolizar, es la tónica general de nuestro tiempo. Concepción dominante que es un elogio al individualismo, a la defensa de los cuerpos, de los territorios y de los bienes privados contra un mundo bajo sospecha de ser miserable e intrusivo. El planeta no hace mundo común. Este es el sub-texto escuchado y compartido por los discursos del odio, xenófobos, homófobos, misóginos, …en un combate del sí mismo frente a un mundo considerado amenazador que se expresa en el terreno público y político en forma de enunciados cínicos, remitiendo al modelo de la política de los ‘propietarios’ garantes de las delimitaciones y los “órdenes espaciales de la tierra y las soberanías que se les asocian. Soberanías y territorios privados fundan la confrontación amigo/enemigo, el antagonismo. La amenaza llega del ‘afuera’, vacío y absoluto, imaginado como una sombra, como extranjero/a abstracto/a, demográficamente de más, excedente, sin más forma de reconocimiento que la de este exceso. En todos los Estados, espacios y ambientes relativamente privilegiados del planeta, esta política de la indiferencia sustenta las políticas de protección del privilegio y las posturas de segregación de ‘los/las nadies’, los/las sin nombre, los/las clandestinos/as (‘roms’, ‘negros/as’, ‘refugiados/as’, ‘indocumentados/as’…), confinados/as a los márgenes, que reclaman o imponen su presencia-en-el-mundo, un mundo que es a la vez más accesible y más cerrado que nunca.
Esta interpretación cultural de la frontera nos permite prescindir de las habituales explicaciones geográficas, económicas, demográficas y políticas para poner el acento en las representaciones, los sentidos de la vida, del mundo, del nosotros y los otros. Y con ello, pasa de la objetividad a la subjetividad, de la tercera persona a la primera persona. Los lenguajes, con su forma de categorizar el mundo, sistematizan esta identidad y establecen fronteras simbólicas. La cartografía de los cuerpos también nos permite dar este salto, pensarlos más allá de la aparente naturalización del cuerpo físico, semiotizarlos, y analizar así su identidad y su sentido de lo propio y de lo ajeno como una frontera cultural. (Diana Maffía, Cuerpos, fronteras, muros y patrullas, 2009:218)
La contención toma entonces la forma del ‘muro’ y obliga al trabajo de control y vigilancia en las fronteras por el empeño -tan legítimo como considerado ‘ilegal’- de franquear esos límites por parte de los cuerpos en desplazamiento. Ciertas legitimidades se oponen, a la del mundo abierto se enfrenta la de la protección contra la ‘miseria del mundo’, la de la soberanía nacional a la de la cosmo-política. Este conflicto de legitimidades explica la transformación de las fronteras en muros. Ese tránsito de la frontera incierta al muro, el de la relación al encierro identitario que desemboca en la desaparición del otro, de la otra, es el que urge repensar y combatir. Desarmar la trampa del encierro identitario comienza por dar un nombre a cada rostro, al extranjero/a, descubrir a aquella y aquél como sujeto-otra/otro. Sujetos sin identidad a priori pues la perdieron en su partida y exilio, y aún la están buscando o reconstruyendo. Pero también son aquél o aquella que, aquí y ahora, hacen irrupción en la frontera perturbando el orden ‘normalizado’ y rutinario. Son ‘seres de frontera’, atrapados en los intersticios y grietas del mundo, que han convertido ese lugar de paso en una ‘zona de espera’, ese ‘no lugar’, en un nuevo espacio de relaciones y coexistencia, de latencia social e identitaria.
La condición condicionada, la elección condicionante: En la actualidad, diversos grupos sociales que fueron y son históricamente excluidos del entramado social encuentran bajo la reivindicación de la diferencia espacios abiertos de lucha política. Sin embargo, en un contexto socioeconómico neoliberal, que exalta el reconocimiento de una ciudadanía universal e igualitaria mientras que ignora las desigualdades materiales de existencia, los reclamos por el reconocimiento de una identidad particular corren el riesgo de presentarse funcionales al mismo. Esto manifiesta una tensión problemática en la articulación de demandas de reconocimiento cultural y redistribución material dentro de la política de identidad.
La creciente participación política a través de los movimientos de identidad se ha extendido globalmente, sobre todo tras la quiebra de las grandes narrativas emancipatorias. Desde entonces, el advenimiento de los discursos identitarios convoca a diversos grupos o sectores sociales que fueron (y aún son) históricamente excluidos a luchar por el reconocimiento de su identidad dentro del entramado social. Esta convocatoria se construye a partir de la defensa de la diferencia y la pluralidad, pudiendo así dar lugar a nuevos espacios abiertos para la lucha política. Las demandas que proclaman estos movimientos tienen como principal búsqueda el reconocimiento cultural. Sin embargo, no es menor resaltar la existencia de problemáticas de tipo económicas, jurídicas e institucionales que exceden la cuestión cultural, como lo son la falta de vivienda, de alimento, de acceso a la salud y a la educación, etc. Tanto el feminismo como otros grupos culturalmente subalternizados y excluidos no solo se ven afectados en su reconocimiento social, sino también en el acceso efectivo a apoyos e infraestructuras vitales que les permitan desarrollar una existencia materialmente posible. De manera que, en principio, parece ser necesaria una articulación entre demandas de la diferencia y demandas de igualdad, es decir de reconocimiento y redistribución.

A ello se suma la actual prevalencia en materia económica de una escasa regulación del mercado y la disposición de políticas estatales de tintes neoliberales que afectan directamente la capacidad de agencia política de estos “nuevos” movimientos sociales; sobre todo en cuanto que favorece a que sus expresiones y manifestaciones públicas sean neutralizadas. Incluso, las demandas de reconocimiento a veces, más de las que desearíamos, se vuelven funcionales a la ideología liberal que se ocupa de exaltar el reconocimiento de la igualdad y la libertad formal, pero que al mismo tiempo desconoce las profundas desigualdades en las condiciones materiales y económicas de existencia. Ejemplo de ello es el llamado pinkwashing, esto es, empresas y organizaciones multinacionales que utilizan símbolos o eslóganes propios de diferentes reivindicaciones (como sucede en la Marcha del orgullo o en las movilizaciones desarrolladas en el marco del Día Internacional de las Mujeres, o en el etiquetado sostenible de los productos…) para ampliar su aceptación pública mostrándose verdes e inclusivas, al mismo tiempo que, en su política laboral interna, contaminan, discriminan y explotan a los sujetos que se representan en ellas.
Frente a este fenómeno político es importante reconocer la existencia del riesgo de que las narrativas que defienden la identidad sean (y, de hecho, son) utilizadas por posiciones liberales y conservadoras que pretendan disimular o enmascarar la creciente desigualdad que afecta, sobre todo, las vidas de los sectores más vulnerables de la sociedad. Las problemáticas de reconocimiento y redistribución continúan siendo objeto de discusiones no solo dentro de los estudios de diversidad sexual, sino también, de género, indígenas y raciales, tanto a nivel regional como global.
La construcción no es ni un sujeto ni su acto, sino un proceso de reiteración mediante el cual llegan a emerger tanto los “sujetos” como los “actos”. No hay ningún poder que actúe, sólo hay una actuación reiterada que se hace poder en virtud de su persistencia e inestabilidad. (Judith Butler, Bodies that Matter: On the Discursive Limits of “sex”, 1993:9)
En el campo del discurso, la producción performativa de la subjetividad configura y delimita simbólicamente el ámbito de lo vivible, es decir de lo que se entiende como humano. Los sujetos que responden, asumen y/o identifican con la matriz normativa hegemónica se configuran como seres inteligibles dentro del discurso. Sin embargo, en la actuación performativa también se delimita y configura la esfera de lo ininteligible, de lo abyecto donde se produce una forclusión del campo discursivo. De manera que, los sujetos que no asumen ni se identifican con las normas hegemónicas se configuran, entonces, como seres culturalmente ininteligibles y conforman así la exterioridad de la matriz social. Esta producción performativa de la subjetividad configura y delimita lo considerado como humano dentro del campo del discurso, así como también lo que está por fuera del mismo, lo que es considerado como no humano. Necesariamente se producen subjetividades que no responden a la matriz y constituyen las zonas “invivibles” e “inhabitables” de la vida social. Estas zonas invivibles, que sin embargo están densamente pobladas, se ubican en los márgenes de lo culturalmente reconocible y se establecen como el límite social necesario para distinguir las vidas que importan de las que no. La abyección de ciertas vidas del entramado social actúa como frontera que produce y regula el discurso cultural hegemónico. Es decir, que la configuración de lo inhabitable establece y asegura la frontera de los efectos del poder normalizador. La producción de sujetos del afuera, en “presunción de humanidad”, y su persistencia en el espacio demuestra que la ley hegemónica es altamente productiva, pero que también posee fisuras y, por lo tanto, es susceptible de desestabilización, de allí que sea conformativa pero también muy vulnerable.
Hombres y mujeres de distintas condiciones socioeconómicas, grupos etarios y orígenes étnicos dejan sus lugares de origen y cruzan fronteras en busca de mejores condiciones de vida y nuevas oportunidades laborales o escapando de situaciones difíciles. En la actualidad, se calcula que en todo el mundo más de 272 millones de personas han abandonado sus países de origen, de las cuales el 50% son mujeres. Dado que el género es una variable estructural de primer orden que puede alterar todos los procesos sociales a escalas micro y macro, este también incide en las distintas dimensiones del fenómeno migratorio y en las diversas etapas del trayecto.
Los motores de la migración están asociados a condiciones y/o estereotipos individuales de género. En el caso de los hombres predomina la obligación de cumplir con la función de proveedor, mientras que en el de las mujeres inciden factores como los matrimonios forzados o la violencia doméstica, el rechazo social por su condición de madres solteras o mujeres sin hijos, y la discriminación étnica o por razones de orientación sexual, entre otros. Si ya es difícil el desplazamiento, los tránsitos, la migración en general, habitar esos nuevos espacios relacionales en los que se han convertido las fronteras, los campos de refugiados, los guetos del confinamiento, ese ‘afuera’ como destino…imaginemos lo que puede suponer para una migrante, mujer, negra y lesbiana, por ejemplo.

Cabe mencionar que los roles de género no solo condicionan las decisiones de migrar, sino también el potencial que tiene el proceso migratorio de transformar las relaciones de género preexistentes. La migración femenina no es un tema reciente. En efecto, las mujeres han sido protagonistas de este fenómeno de manera constante. Para el año 1960, estas representaban el 46,8% de los migrantes internacionales. Para 2005 esa proporción había ascendido al 49,6%, es decir, un incremento de solo tres puntos porcentuales a lo largo de más de cuatro décadas.
A partir de los años ochenta empieza a hablarse de la feminización de la pobreza y la migración feminizada. Hasta antes de los años 80, las mujeres migraban principalmente como dependientes de sus maridos. Estos últimos, a la luz de los estereotipos de género, eran vistos como individuos geográficamente más móviles y autónomos, mientras que ellas migraban para reunirse con sus cónyuges y hacerse cargo de actividades relacionadas principalmente con el cuidado del hogar. Sin embargo, los cambios en la economía global de los años ochenta (que redujeron la demanda de trabajadores industriales de sexo masculino), los nuevos patrones demográficos de los países del Norte (envejecimiento de la población) y una estructura débil del aparato estatal que no lograba garantizar servicios públicos de cuidado para personas mayores, aumentó la demanda de mano de obra barata femenina en los sectores de tales servicios, lo cual condujo a la inserción activa de las mujeres migrantes en esos mercados y labores.La denominada “feminización de la migración” se inscribe precisamente en una nueva dinámica socioeconómica en la que las mujeres comienzan a desplazarse de manera independiente, se insertan en el mercado laboral y tienen la capacidad de aportar a través del envío de remesas cuyas sumas son incluso más elevadas que las de los hombres (al menos en términos relativos a sus ingresos). Este proceso de feminización de las migraciones ha evidenciado la capacidad de agencia de las mujeres tanto en los proyectos migratorios familiares o autónomos, como en la toma de decisiones relativas a sus propias vidas en un ejercicio de libertad personal.
Cabe observar, sin embargo, que en los trabajos que realizan las mujeres migrantes se puede identificar un claro predominio de las labores domésticas, de servicio y de cuidado. Este fenómeno responde a sesgos de género y reproduce patrones tradicionales que posicionan a las mujeres en situaciones laborales más precarias, con remuneraciones menores, y sin las protecciones legales y laborales adecuadas. Además, y como ya se indicó, la mayoría de las migrantes se desempeña en tareas que no reflejan su capacidad y formación académica. Esta situación se agrava con la denegación más frecuente de permisos de trabajo y residencia a mujeres inmigrantes, lo que las conduce a insertarse en economías cada vez más precarias.

La explotación sexual de mujeres migrantes es otro aspecto que no se puede desconocer. Paralelamente con el incremento de la migración internacional, el tráfico ilegal de mujeres migrantes está aumentando como fuente de ingresos.
Además del trabajo doméstico, otros sectores que absorben mano de obra femenina migrante formal e informal en Europa y Estados Unidos son la agricultura, la ganadería, la hostelería y las fábricas de textiles. Estos oficios también se caracterizan por sus magros salarios y jornadas de trabajo prolongadas. Al analizar las condiciones migratorias de las mujeres, es indispensable reconocer que su género se cruza con otras dimensiones de jerarquización social como la edad, la nacionalidad, la clase social, el origen étnico y la orientación sexual, entre otros, y que todos ellos afectan de distinta manera su experiencia migratoria. En efecto, los distintos nichos laborales, que en algunos casos podrían dar lugar a una relación laboral prácticamente servil (sucede especialmente con las empleadas domésticas y cuidadoras) o de degradación (trabajadoras sexuales) se entrecruzan y dependen en gran medida de las dimensiones de jerarquización social anteriormente mencionadas.
Un enfoque novedoso relacionado con las prácticas del desarrollo actuales propone el territorio como unidad de análisis y una evaluación de este con base en los Objetivos de Desarrollo Sostenible de las Naciones Unidas. Con esta aproximación se busca que los programas de política pública centrados en las mujeres migrantes les aseguren condiciones y apoyos mínimos para su desarrollo sostenible con calidad de vida. Algunas de las metas contempladas incluyen la reducción de la brecha salarial de género y la prevención del trabajo forzado.
Finalmente, cabe destacar la importancia que han tenido los estudios de género de los últimos años en la visibilización de las mujeres como protagonistas clave para entender la complejidad del fenómeno migratorio. Sin embargo, y a pesar de que se ha podido verificar que frecuentemente se encuentran en condiciones de desventaja (laboral, social y/o de inserción), la tendencia a calificarlas como meras víctimas de sus circunstancias desconoce que las mujeres migrantes, y también los hombres, han sido protagonistas en el nexo entre migración y desarrollo. Específicamente, las mujeres han demostrado ser participantes activas en sus propias decisiones migratorias. Entender los distintos roles de género en estos procesos de desplazamiento puede facilitar la comprensión de los flujos migratorios y permitir la formulación de políticas migratorias más adecuadas.
Violencias en origen – tránsito – destino desde la perspectiva de género: Los procesos migratorios suponen, para la mayoría de personas que los emprenden un itinerario de vulnerabilidad. Las causas que provocan la huída, los obstáculos que se encuentran en el tránsito y las condiciones a las que se enfrentan en el país de acogida, las sitúan en situaciones de desprotección, discriminación y de vulneración constante de sus derechos humanos.
En primera instancia, pretendemos denunciar cómo las reglas y roles de género influyen en las causas y consecuencias de los procesos migratorios. Es necesario analizar e interpretar los contextos, evaluar y diseñar políticas considerando la perspectiva de género; debido a que el género moldea los procesos migratorios de las mujeres que, por el hecho de serlo, experimentan situaciones de mayor riesgo y violencia.

Además, estos abusos se ven acentuados por la interseccionalidad de las violencias. Es decir, las mujeres migrantes y migradas, aparte de por ser mujeres y migrantes, también se ven afectadas por otras causas de discriminación que se entrecruzan con las anteriores: la edad, la raza, el origen étnico, la nacionalidad, la religión, el estado civil, la situación familiar y la orientación o identidad sexual,entre otras.
Reconocemos que el racismo, la discriminación racial, la xenofobia y la intolerancia ocurre en razón de la raza, el color, la nacionalidad o el origen étnico y que las víctimas pueden sufrir múltiples o agravadas formas de discriminación basadas en otros factores como el sexo, la lengua, la religión, las opiniones políticas o de otro tipo, el origen social, la propiedad, el nacimiento u otro status. (OHCHR,2001)
La continuidad temporal muestra que las mujeres viven en situación de vulnerabilidad a lo largo de toda su vida; mientras que la continuidad espacial se refiere a que las violencias contra las mujeres no se confinan en una cultura, región o país específico, sino que se trata de una realidad global que acompaña a las mujeres en cualquier lugar geográfico.
El contexto migratorio confirma que, como consecuencia de los roles tradicionales de género, muchas mujeres carecen de acceso a sus derechos en condiciones de igualdad, realidad que sin duda, complejiza y endurece los procesos migratorios de las mujeres aumentando su vulnerabilidad a lo largo de todo el proceso migratorio y perpetuando las relaciones de desigualdad. Así la tendencia creciente de la feminización de la migración en los últimos años, la doble discriminación a la que se enfrentan por ser migrantes y ser mujeres, y la invisibilización de esta realidad y de sus consecuencias como la trata de personas, explotación laboral y sexual, violencias, etc, demanda visibilizar y denunciar la realidad de mujeres migrantes de manera integral para concienciar, implicar y movilizar a la ciudadanía y a la clase política en la defensa de los derechos de las mujeres desde el origen, durante el tránsito y a su llegada a destino.
Las nuevas miradas académicas centran cada vez más la atención en ciertas particularidades del proceso migratorio, como son la participación femenina en dicho fenómeno espacial, los debates en torno a derechos humanos de los migrantes y la generación de redes de apoyo mutuo a la luz de la existencia de comunidades transnacionales.
Lo que se requiere de nosotras, a la luz de un compromiso con el universalismo ético, es que actuemos de manera coherente respetando la dignidad y el valor de las personas que están implicadas, y que estemos dispuestas a resolver los temas controvertidos por medio de una discusión abierta y sin restricciones en la que participen todas. (Benhabib, 1992: 40).
Se trata de la ciudadanía tensionada desde la perspectiva de género. Por lo mismo, la inmigración femenina y sus prácticas en nuevos espacios geográficos permitirán debatir en torno a la labor de visibilización de dichos sujetos compuestos por individuos portadores de derechos no exentos de contradicciones en los planos culturales o morales y la violencia de la democracia en los sujetos inmigrantes y se planteará la necesidad de subvertir la conceptualización de ciudadanía planteada tradicionalmente por la modernidad, reconociendo las contradicciones -reales o aparentes- entre la universalización de los derechos humanos y los derechos políticos de las ciudadanías.
La comunidad internacional necesita avanzar hacia una gobernanza global de los flujos migratorios que anteponga los derechos humanos para tratar de contrarrestar el discurso del miedo y el odio extendido por diversas corrientes en los últimos años en Europa y América, especialmente. Queremos dar visibilidad a las desigualdades y vulneración de derechos que sufre la población migrante, especialmente las mujeres y niñas. Promovemos la construcción de una ciudadanía global comprometida con la equidad, la justicia, la hospitalidad, la reconciliación y la corresponsabilidad desde un enfoque de género. Surge entonces la gran pregunta, ¿Cómo enfrentar las violencias reales, las violencias simbólicas y las violencias estructurales impuestas?
Resistencia civil y acción pedagógico-política. Pensamiento y acción de fronteras
Desde el ascenso de la clase obrera, la resistencia campesina, las luchas por los derechos civiles, los movimientos migratorios, el antirracismo, en anticolonialismo, el pacifismo, el feminismo, el indigenismo, las reivindicaciones de los colectivos LGTBIQ+, hasta el movimiento antiglobalización, o el ecologismo, en la época moderna el actor colectivo que por excelencia ha asumido la resistencia civil como forma prioritaria –aunque no exclusiva– de acción política, ha sido el movimiento social. En esta materia, la capacidad de innovación que han presentado los movimientos sociales ha sido notable.

Dada la importancia que la obediencia y la cooperación tienen para toda acción política fundada en la resistencia civil, un actor político colectivo que opte por ella orientará su estrategia a conseguir que aquéllas sean retiradas y, en particular, a lograr que las actitudes de desobediencia y no cooperación se extiendan entre amplios sectores ciudadanos, es decir, entre la mayor cantidad posible de terceros no involucrados directamente en el conflicto. Ello, a su vez, con el propósito de generar efectos sobre la correlación de fuerzas que dicho actor sostiene con su adversario sociopolítico.
Respecto de esto último, por su parte, se suele discutir si al emprender una acción no violenta se debe apuntar a tratar de lograr la “conversión” del oponente (es decir, a buscar persuadirlo sobre la necesidad de cambiar su posición) o si, definitivamente, es ineludible ejercer sobre él una coerción no violenta para forzarlo a transigir. Pero la diferenciación no parece relevante, pues, en nuestro criterio, en la práctica toda eventual conversión se deriva de una coerción, e incluso un sufrimiento autoimpuesto es una forma de coerción en la que, por lo demás, la consideración de qué pueda pensar la opinión pública al respecto es algo que nunca dejará de estar en las cuentas de las dos partes del conflicto. En otras palabras, la persuasión del adversario no ocurre en abstracto y al margen de la opinión pública y esta última es la verdadera palanca sobre la que se apoya la coerción no violenta: la amenaza que representa para el adversario el que las actitudes no cooperativas se extiendan o bien entre las mayorías o bien entre apoyos claves de su propio bando (incluyendo actores sociales organizados, ciertos actores internacionales e incluso los organismos de seguridad del Estado), fracturando de esa manera su unidad.
…la estrategia está subordinada a la política, la cual se refiere, en este contexto, a las amplias decisiones tomadas acerca de cómo conducir una lucha determinada: si luchar o no, por qué luchar, qué costos está uno dispuesto a resistir en el conflicto, y qué podría constituir un acuerdo aceptable. Idealmente, la estrategia está regulada por tales decisiones y se orienta a maximizar la capacidad de ejecución en alcanzar los mencionados fines, mediante el intercambio de sanciones con los oponentes, siguiendo los parámetros de política … mientras que la estrategia gobierna las escogencias que abarcan toda la arena del conflicto (no importa si este es un campo de batalla o la sociedad), las tácticas se refieren a aquellas decisiones y acciones que sirven para optimizar limitados y particulares encuentros con los oponentes. (Kruegler, 1997)

En general, en ciencia política se suelen identificar tres medios a través de los cuales se conforma una voluntad política colectiva: la negociación (fundada en el intercambio instrumental de intereses), la deliberación (basada en la persuasión mutua y los acuerdos que generalmente tienen como presupuesto el desarrollarse a partir de normas culturales compartidas) y la coerción (derivada del ejercicio de una presión que puede ser violenta o no violenta). La resistencia civil, como hemos visto, involucra, de una u otra forma, una coerción no violenta respecto del adversario político, para forzarlo a negociar (cosa que es más factible si lo que está en juego son intereses y no identidades, es decir, convicciones derivadas de pertenencias culturales). Pero, al mismo tiempo, la resistencia civil también implica un ejercicio de la persuasión respecto de los terceros no involucrados directamente en el conflicto, los cuales, en caso de ser seducidos, entrarán a formar parte de la estrategia coercitiva que es dirigida hacia el actor con el cual se ha trabado el conflicto.
Ahora bien, la persuasión y el convencimiento, aunque evidentemente tienen un componente lingüístico, no se reducen a las simples estructuras racionales del lenguaje y al puro intercambio discursivo, sino que tienen que ver también con hechos y acciones, es decir, con lo simbólico entendido en su sentido más general, todo lo cual, en el caso de la resistencia civil, no sólo sirve para informar a terceros (lo que los anarquistas han llamado la “propaganda mediante hechos”, sino, a la vez, para presionar al adversario y forzarlo a ceder cuando percibe que la opinión pública tiende a retirarle su apoyo y que la unidad de su bloque comienza a fracturarse. La resistencia civil alude, pues, a la acción que persuade a la opinión pública al introducir nuevos sentidos y significaciones y a la coerción no violenta que presiona al adversario de cara a la negociación. Para el caso, por tanto, las formas de protesta y persuasión, de no cooperación y de intervención actúan en una y otra dirección.
Pero en la medida en que estas formas no buscan ni la agresión física ni la eliminación del adversario, aunque sí transformar la relación de fuerzas que define un conflicto determinado, salta a la luz cómo para la estrategia de la resistencia civil organizada el fin no justifica los medios, sino que éstos son los que definen propiamente la esencia de este tipo de acción. Para la acción no violenta, los medios son un fin en sí mismos.
Por último, conviene matizar el retrato de la insolidaridad, la indiferencia o la hostilidad que dibujamos más arriba. En muchos lugares se alzan voces, actitudes, programas de acción e intervenciones solidarias, cada vez más visibles, de manera individual o a través de asociaciones y colectivos, que tratan de ayudar a los desplazados/as de cualquier signo, velando por la aplicación de los derechos humanos y tratando de des-demonizar a los desheredados/as, segregados/as, invisibilizados/as por cualquier causa.
Esta actitud ha encontrado cabida en los últimos años especialmente en el plano artístico-cultural, en el mundo de la investigación, las artes y el territorio educativo, donde hace tiempo que vienen dándose creaciones, difusión de contenidos, actuaciones pedagógicas y manifestaciones artísticas vinculadas a la comprensión del sujeto otro/otra, mostrando esas subjetividades del ‘afuera’ desde una mirada de proximidad, una experiencia empática y una posición descentrada, encaminando un cambio de mentalidades y la construcción de conciencias solidarias.
Esta actitud hospitalaria dentro de un contexto globalmente hostil hacia lo considerado ‘extraño’, también se expresa como alternativa política, aun cuando resulte todavía minoritaria, gracias a movilizaciones militantes sobre asilo, libre circulación, derechos de los/las transterrados/as, respeto a las identidades de género y opciones sexuales, contextos pedagógicos de acogida, apoyo lingüístico e intercambio de saberes con fines inclusivos y de integración intercultural. Son ambientes culturalmente heterogéneos cuyas motivaciones -humanitarias, políticas, por ejemplo- engendran efectos desde el punto de vista de la protección y la convivencia pacífica con los ‘otros-otras’ fuera de la norma.
El punto de partida es una existencia fronteriza en exilio y éxodo, abismática, de incierto origen, pero de trágicas consecuencias, la finitud y la muerte. Le acecha esa nada que, desde los místicos y el tardoromanticismo, es una nada hambrienta de existencia. Al fin y al cabo sólo reclama lo que es suyo, pues si Dios creó el mundo de la nada, de ella estamos hechos. (…) La arquitectura, la escultura de los habitantes de la frontera, se convierten así en un ejercicio ético. En Trías el saber del límite no es una ciencia sino que recibe el viejo nombre de sabiduría. Esta es una “crítica de la razón fronteriza práctica” con su imperativo categórico: “aprende a ser fronterizo”. Es decir, asumir la condición centáurica, intersticial, de habitantes de la frontera, se convierten así en un ejercicio ético. (Molinuevo, José Luís: “La razón fronteriza. Eugenio Trías”. El Cultural, 7 de febrero de 1999.)
La frontera funciona siempre con mediaciones, a la manera de hados tutelares y protectores, porteros/as o traductores/as de la hospitalidad. Estos últimos nos permiten comprender en el plano lingüístico o cultural la relación que se liga entre dos personas que no se conocen pero se encuentran en una situación de frontera, de entrada incierta, traspasando la condición de coexistencia a la de la posible convivialidad.
Sin embargo y a pesar del triunfalismo de sus wifis de sirena; en los eriales transfronterizos habitan a contracorriente las epistemologías exódicas; los saberes exiliados que apátridas, contienen maneras de mirar que hospedan en zaguanes imaginarios, ese mundo en el que caben muchos mundos. Un crisol de condenados que comparten la indignación de los excluidos por la desigualdad abismal, la diáspora de la libertad, la guerra perpetua y la dominación de la naturaleza. Comparten la indignación y la sospecha que habita en el prólogo que escribe Sartre al libro de Fanon, que el mundo ya se repartió allá por 1494, cuando nació el capitalismo, en Tordesillas. Que la memoria de la Europa eutontinmenumera, con sus líneas de amistad, precisa de un ethos redistributivo, una razón fronteriza y un pensamiento posabismal como santuario de traducción hermenéutica donde conversen los saberes colectivos que portan los que protegen a los hijos de nadie, a los dueños de nada, construyendo a la sombra de las fronteras una diversidad epistemológica de la resistencia que traduce culturalmente la pericia heroica en conocimiento edificante y la acción conformista en rebelde. (Novoa, Pedagogías Apátridas, 2018)

